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JOHN SCOFIELD
22/05/2005 - Teatro Coliseo, Cap.Fed.

Por: Kike Bianchi - kike@recis.com.ar

Martes, día de examen, día de reafirmación y prueba. Luego de varios años sin visitarnos y para reafirmar el interés de los grandes por nuestras latitudes volvió John Scofield a nuestro país.
El genial músico llegó al teatro Coliseo para dar cátedra en las formas de la nueva escuela. Para llenar todas nuestras expectativas y para hacernos tocar el cielo una vez más.
Mi preludio estuvo marcado por el escape de los recintos empapelados de colgantes de Puan. Evadiendo los carteles que entorpecían mi camino más que abrirlo a posibilidades, huí raudo hacia el teatro donde el gurú nos haría probar sus elixires alucinógenos.
Llegado a la puerta me crucé con toda la fauna jazzera de Buenos Aires, nadie pudo hacer oídos sordos al llamado del coloso. Tanto figuras ya mediáticamente establecidas como Luis Salinas o Adrian Iaies, como desconocidos de la gran prensa pero reconocidos por los conocedores (entre ellos Hernan Merlo) se hicieron presentes. Era una realidad, casi todos los asistentes sabían bien que era lo que iba a pasar y podrían escuchar mas allá de las palabras burdas, la mayoría sería capaz de reconocer las charlas de café interestelares que tejería este trío entre sus armonías y ritmos controversiales.
El ambiente se calentó con la aparición de Javier Malosetti, a quién lo mediático no le quita lo brillante. Junto a su trío acostumbrado, integrado por Hernán Jacinto en teclados y Oscar Giunta en batería, nos paseó a ritmo vibrante por temas de su disco. Bajo teclados y batería lanzaron un sopapo musical para sacarle el frío al público y dejarlos listos y en el mejor estado par recibir al genio.
Media hora después, pasadas las 10 de la noche, ingresó bajo lluvia de aplausos.
John Scofield, guitarrista que supo estar al lado de Miles Davis y que ha tocado con todos los grandes que hoy se pasean por la escena del gran jazz, junto con el avejentado Steve Swallow y el jovenzuelo Bill Stewart llegaron al escenario dispuestos a romper con todos los moldes de nuestras percepciones.
El trío arrancó calentando, aun más, el ambiente con un tema de Socfield cuyo nombre se me escapó. Ya desde el inicio la propuesta armonicista de Scofield, junto con su fraseo cortado y acentuado por la sonoridad disonante de su guitarra, marcó la pauta de la noche. El bajo de semi caja de Swallow nos hace olvidar que no hay contrabajo presente y más aun nos aleja de los prejuicios contra la pulsión de una púa sobre el instrumento. Bill Stewart deja claro que tiene toda la capacidad y altura para sumarse a este trío colosal, pues ha tocado con muchos grandes. En su ejecución no exagera, posee el toque justo cuando hay que marcar las divergencias temporales y la furia controlada de la batería jazz...cuando hay que dejar en claro que si hay que improvisar él no es ningún improvisado.
La selección fue algo particular ya que estuvo marcada por temas de compositores mas clásicos y no tan rupturistas, como Louis Armstrong, Burt Bucharach y el fallecido Ray Charles, pero todos bajo la tónica argumental de un Scofield con voz propia y resignificador de variantes. Los temas que recuerdo fueron “Alfie”(Bucharach), “Wee”, “You Don´t Know Me”(Charles), “Everything I Love", "Over Big Top” y "Do You Know What It Means To Miss New Orleans"(Armstrong).
Podría explayarme eternamente en los aspectos musicales pero quiero resaltar que ninguna de las genialidades técnico/improvisativas de este trío deja de lado la capacidad de crear climas tormentosos por momentos y calmos por otros. Cada tema se reinventa en un viaje, o tal vez una travesía por miles de geografías, de momentos sumamente emocionales, de contrastes y colores. No hay ninguna linealidad ni unidimensionalidad que nos haga pensar que este tema ya lo tocó alguna vez y sólo se está repitiendo en una estructura monotemática. Momentos melancólicos y de furia rockera, momentos de efectos solapantes y espasmos furiosos. Todos esos momentos aparecen en el escenario y su público los absorbe como extasiado y suspendido en un limbo maravilloso.
El exceso de halagos no es más que un reflejo de mi propia experiencia. Lo que presencié el martes, llevaba tiempo sin experimentar y por lo tanto salí extasiado y transmutado en el niño que nunca dejé de ser pero que olvidé bajo mi cama. Liberado del olvido del estrés social, mi niño escapó y fue al encuentro de sus sueños. Casi logro mi momento de gloria pues casi le robo un cachito de su alma a Scofield al intentar sacarme una foto con él. Lo grandioso de esta gente que hace más hermosa la charla musical planetaria es su capacidad de elevarse en un escenario y luego caminar junto a nosotros a tomarse un café y a contarnos que nada es imposible ni nadie es intocable y todo esto que idealizamos y admiramos es sólo el producto de una pasión que con esfuerzo puede ser la nuestra. Es más, que es la nuestra aunque solamente mejor enfocada pero no alejada de nuestras posibilidades.