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NOCHE DORADA ESPACIAL #01
25/08/2007 - Bs. As Club

Por: Maria de la Paz Spera - paz@recis.com.ar

Paredes rojas, un techo negro y un escenario apenas visible delante de un denso cortinado de teatral presencia. Diagramadas en una cuadrícula de dimensiones regulares, diversas mesas se juntaban con sus correspondientes sillas, las cuales, a su vez, traían consigo personas que las ocuparan. Y así, con casi todos los elementos necesarios para que se produzca un recital, el Buenos Aires Club introdujo el último detalle, hasta ese momento pasado por alto: los músicos.

El dúo PRIETTO VIAJA AL COSMOS CON MARIANO ocupó el primer lugar. Una condensación de psicoledia experimental de una calidad hipnotizadora e intoxicante dio inicio a la Noche Dorada Espacial 1, dejando prácticamente inmóviles a los espectadores, clavados a sus asientos, absortos en un repentino y vertiginoso viaje a través de ese pequeño cosmos dibujado sobre el escenario.
La gutural y desgarradora voz de Prietto (guitarra y voz) más los rítmicos y voladores platillos de Mariano Castro (batería) hicieron retumbar sobre sus propios ecos canciones como “El Ojo De El” y “Cruzando El Parque”. Y con la atención de su público focalizada plenamente sobre él, Prietto extendió una invitación a Santiago Motorizado, quien se deslizó entre las telas que cubrían el escenario para sumar su voz al experimento sonoro de Prietto Viaja Al Cosmos Con Mariano.

Más aplausos siguieron, acompañando al dúo que abandonó su lugar para dejar paso a MI PEQUEÑA MUERTE. Con sus cinco integrantes, la banda parecía ser una pequeña multitud atrincherada tras sus instrumentos. Colmado el escenario como estaba, las canciones encontraron diminutos recovecos para escabullirse, y las melodías de “Nada Va A Cambiarme”, “Pensar En Vos” y “San Martín Returns” salieron disparadas hacia ese rectángulo gigante de mesas que encuadraba a los espectadores.
Crecientes melodías con una densa sonoridad proveniente de sus tres guitarristas (Julián Perla – voz y guitarra –, Nicolás Merlino –guitarra y coros–, y Norman Mcloughin – guitarra, teclados y coros –) sería una buena forma de describir las canciones que Mi Pequeña Muerte develó de sus instrumentos, maderas inertes en constante búsqueda de manos que descubran aquellos acordes pensados con sus astilladas cabezas. Y cuando el bajo y la batería se desvanecieron de agotamiento, los cinco músicos dejaron lentamente el escenario, tratando de no despertar a las guitarras que placidamente soñaban canciones que en un futuro serían compuestas.

Llegó el turno de HACIA DOS VERANOS, cuarteto instrumental formado por Diego Martínez (bajo), Ignacio Aguiló (guitarra), Andrés Edesltein (batería) y Julia Bayse (flauta). Pincelando texturas diversas, Hacia Dos Veranos estructuró un sonido de plásticas propiedades que se esparcía como una frágil capa de pintura sobre los presentes, callando voces discretas que mantenían sus conversaciones cotidianas y haciendo que los pensamientos vuelen tranquilos sobre aquellos invisibles colores.
“Sueño”, “La Última Tarde Del Apicultor” y “Preludio” se enredaron entre sí a través de los amplificadores, dispuestos sobre el escenario en cómoda abundancia. Sólidas columnas sonoras, sirvieron de marco para delimitar las fronteras que separan al músico de su audiencia, una línea demasiado borrosa al tratarse de las envolventes canciones, especializadas en diluir barreras físicas, mentales o experimentales.

Una vez terminada la presentación de Hacia Dos Veranos, individuos sueltos del público fueron aproximándose al escenario, rodeándolo por completo en un semicírculo de creciente diámetro. Momentos después, pequeños grupos se acercaban, hasta que, finalmente, la mitad de la concurrencia estaba de pie con la atención fija sobre el escenario.

EL MATÓ A UN POLICÍA MOTORIZADO subió al escenario. Pies que saltaban, cabezas que giraban, brazos que gesticulaban y un coro de voces siguió letra a letra las primeras canciones, todas escapadas del segundo disco de la banda, Navidad de Reserva: “Navidad en Los Santos”, “El Héroe de la Navidad” y “Viejo, Ebrio y Perdido”. Con una sola frase, Santiago Motorizado (voz y bajo) hizo que la esférica concentración de espectadores emitiera un grito de navideña emoción: “Espero que vuelvas”. Y bajo la nostálgica melodía de “Chica Rutera”, la gente comenzó a trepar al escenario, confundiendo brazos y piernas con los de quien estaba a su lado y formando una piramidal masa de individuos exaltados que latían sin coordinación alguna.
Las canciones siguieron su rumbo, pasaron “Amigo Piedra”, “El Rey De La TV Italiana”, “Sábado” Y “Tormenta Roja” entre otras. Y, cíclicamente, esa montaña que pocas veces guardaba una forma humana aparecía, sin ser nunca convocada pero siempre bienvenida.

Fotos: María de la Paz Spera



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