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CICLO RUIDO: LOS PIRAÑAS - YOTO
25/04/2018 - Centro Cultural San Martín

Por: Rodrigo Capeans - rodrigo@recis.com.ar

Los Pirañas en el Cultural San Martín: bailando una danza rota

Cuando LOS PIRAÑAS se subieron al escenario del Cultural San Martín, la expectativa era grande. Quizás de un tipo diferente a la que se siente por el megashow de una banda de estadios, debido a la escala y el tipo de presentación, pero para el público seguidor del costado más estrafalario y volado de la música (sí, lo hay) la vara estaba bien alta. La edición 2017 del ciclo RUIDO había probado que, en el lugar adecuado y a precios populares, el sueño de sumar espacios para la experimentación era posible. A fines de octubre los Xiu Xiu desplegaron su mundo freak un sábado a la noche y a la semana siguiente Bill Orcutt de Harry Pussy rompía tímpanos con su guitarra terrorista, sin que tuvieras que irte a Estados Unidos para vivirlo.

La secuela del festival se anunció con una rapidez quizás impensada (menos de seis meses) y a diferencia de la edición debut, el puntapié inicial no apeló a uno de los artistas “insignia” de la corriente, sino que la aventura tenía mucho de nuevo para buena parte del público. Los Pirañas, un trío de cumbia ruidosa colombiano, serían los encargados de liderar la procesión y no el Oneohtrix Point Never o Arca con quien más de uno fantaseaba. Pero si la condición de relativa falta de reconocimiento en el país implicó que el grupo arribaba a nuestros pagos a probar las aguas inexploradas, lo cierto es que, para el final de la noche, habían triunfado: vinieron, tocaron, conquistaron.

“Venimos a traerles algo de ruido tropical”, anunciaban desde el escenario Los Pirañas antes de enfrascarse en una versión en clave cumbia de “A 18 Minutos del Sol” de Spinetta, con el agregado de guitarras abrasivas que irrumpen (mas no llegan a acallar) el costado bailable de su música. “No sabemos si al Flaco le hubieran gustado el cencerro y la guacharaca”, bromean. Y en el proceso, la fórmula de su propuesta queda expuesta: el pulso rítmico de las tradiciones bailables latinoamericanas trastocado por el ansia deconstructivista de la no wave y el noise. Cumbia abstracta y deforme, pero sin evitar que uno mueva el pie a la par.

Si hasta ese punto el show iba marcado por la sorpresa y el eclecticismo, desde el dub narcotizado de “Lambada de Oceanía, África y América” a la danza esquizofrénica de “Las Olfateadoras”, es porque esas eran las coordenadas que seguiría el resto de la velada. El sonido de baile de Barranquilla convivía ahora con sintetizadores chirriantes, una guitarra cortante que remite en ocasiones a Gang of Four, y una base rítmica desaforada. Más pruebas: “Toma tu Jabón Kapax”, en el cual una batería machacante se alterna a lo que suena como un robot descompuesto; o el homenaje al Sexteto Miramar de “La Diversión que Hacía Falta en mi País”, en el que los sintetizadores logran un sonido extraño que parece emular al de un kazoo. Cerca de una hora luego de haber comenzado, el grupo anunciaba el cierre de la jornada para luego volver con “Hueles a Espíritu Joven”, de su primera placa, a la hora de los bises. Lejos de dejar con ganas de más, el relativamente conciso tiempo de duración del show fue una acertada decisión que permitió apreciar la mutante visión rítmica del grupo sin llegar a empachar, sacando lo mejor incluso de aquellos temas que no terminan de despegar en sus versiones en estudio: la vara sigue alta.

Además

Previo al show de los colombianos, YOTO (Pablo Sandoval) dio rienda libre al meneo freak de la mano de su industrial bailable y mutante. Bases electrónicas deformes a lo Arca y visuales psicodélicas oficiaron de soporte para una presentación que, rápidamente, dejaba lo puramente musical para convertirse también en performance: menos de cinco minutos le tomó a Sandoval bajarse del escenario para ponerse a cantar (y en buena medida gritar) sus bizarras consignas entre el público, separado en dos expectantes mitades cual por pedido de Moisés. Del cachengue lisérgico de “Bueno Bonito y Barato” al cierre desaforado y psicótico (“¡los voy a matar a todos, hijos de puta!” , exclamado mientras se paseaba inquieto por la sala), conquistó con humor surrealista y música en iguales medidas.

Fotos: Sandra Cartasso