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DE TODOS LOS DÍAS / LAS COSAS DEL MUNDO


Ezequiel Borra
2010
Por: Matías Recis

Dorado capullo

En los últimos años, Ezequiel Borra ha compartido escenarios y proyectos musicales con artistas como Leo Maslíah, Gaby Kerpel, Juana Molina y Alejandro Franov. En paralelo, fue fraguando una carrera solista que inició con su primer disco, El Placard (2005).

Recientemente, este joven músico de Buenos Aires, publicó una segunda producción doble nuevamente integrada en su totalidad por composiciones propias: De todos los días / Las cosas del mundo.

Editado (al igual que su primer álbum) de manera independiente por Asterisco Records, esta placa de dos caras, posee dos estéticas particulares y reversibles (esta polaridad musical también se refleja en la exquisita gráfica realizada por Juanito Jaureguiberry, en la cual interactúa, como un yin – yang, el concepto de vacío y totalidad).

Así por un lado, De todos los días se centraliza sobre la canción. Borra articula prodigiosamente su voz y su guitarra. Este hemisferio despliega canciones de un formato íntimo -mientras que en varios pasajes sólo habita la desgarbada y vibrante melodía de voz de Borra y las multiformes tramas rítmicas de su guitarra-. Si bien aquí sus letras se proyectan sobre lo absurdo, la muerte, la infancia, la naturaleza y la música, como en un acto de purificación, este compositor enhebra principalmente cantos sanadores.

Las cosas del mundo es el otro pliegue del disco. Aquí si bien parte de su topografía nuevamente es cercada por la canción, al mismo tiempo se acentúa sobre lo instrumental, desplazando las composiciones hacia un horizonte más orquestal. En esta región, las interpretaciones y los arreglos musicales florecen desde un vértice lúdico, libre y experimental. Esta faz compagina los renglones más radiantes del álbum (y por momentos se desprenden guiños sobre discos como Sg. Pepper´s o conjuntos como La Maquina de Hacer Pájaros). Borra expone su notable cualidad para construir atmósferas espectrales y sinuosas (ejemplificado en “Así como me ves”).



De esta manera, partiendo de un formato de canción pop-folk, este músico se expande hasta fagocitar formas del hip- hop, la cumbia, el rock progresivo, la música concreta y el candombe (focalizando principalmente sobre el ritmo de la electrónica y la percusión).

Dicha diversidad estética, es obtenida por este solista al ejecutar objetos (como juguetes y copas) y de un modo indistinto, instrumentos eléctricos y acústicos de diversos orígenes (como batería, bajo, teclados, melódica, bombo legüero, charango, mbiras, glockenspiel, arpa paraguaya, gongs, flautas, ukelele y congas, entre otros).

Para encontrar los matices adecuados para sus contrapuntos y polirritmos, repara sobre músicos, como Martín Pantuso, Ale Franov, Tomi Lebrero y Mussa Phelps.

De este modo, el disco captura la elasticidad tímbrica y armónica de decenas de instrumentos geográfica y temporalmente heterogéneos. Asimismo, Ezequiel Borra se suspende en lánguidos silencios, ambientes, ruidos, frecuencias sonoras, voces y respiraciones, organizadas ahora en texturas musicales.

Friccionando un esquema que viene desplegando desde su primer álbum, esta nueva placa obtiene un progreso substancial en relación a El Placard.

Mientras profundiza la esencia de su interpretación y composición, Borra eleva su gestualidad y sutileza, al tiempo que extiende toda su percepción artística.