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JUAN RAVIOLI - JUANITO EL CANTOR
10/05/2008 - El Nacional

Por: Cecilia Testa - cecilia@recis.com.ar

"Y fue así que nos miramos por vez primera, nos dejamos en otoño para caer como las hojas…" JUANITO EL CANTOR abría el show de El Nacional, junto a Juan Ravioli, en una de las fechas más esperadas para mí, por lo que siento hace tiempo cuando estoy escuchando esas melodías.

Llegué muy temprano, demasiado, y me acomodé en el escalón de la puerta de una casita típica de San Telmo. Casi sin quererlo (y, sobre todo, sin saberlo), Juanito me hizo su primer regalo de la noche. La prueba de sonido con Checho Flá se escuchaba a la perfección desde la ventana, los puentes amarillos llenaron el aire.

Un rato más tarde, cervezas de por medio, entre mesitas de madera y veladores que irradiaban cálida luz, en el escenario se presentó Juanito, sin su típica guitarra pintada. Solo. "No ves, no hay nada que esperar; no ves, no hay nada que hacer hasta que el sol se vaya y nos deje respirar." El corazón se me salía de lugar, tanto silencio y mis fuerzas por contener la respiración y no alterar el ambiente crecían. Lo cierto es que no me canso de escuchar esas letras, nuevas, viejas, conocidas, ya no importa. Juanito regala paz, es paz, y uno se entrega irremediablemente a esa energía y no existe nada más que esa conexión.

"Benteveo" y "Ay, ¡mi gorrión!" fueron a dúo. Cuando subió Ravioli al escenario y se sentó frente al piano me di cuenta de qué tan acertada había sido la decisión de ir, de sentarme, de ser espectadora. Quizá suena exagerado, para alguien que nunca escuchó a alguno de estos dos artistas, leerme a mí, que no tengo más que palabras lindas para ellos, pero nunca me canso de decir que la música es lo que uno siente. Y ver a Juanito y a Ravioli juntos es sentir felicidad, es estar a gusto con uno, con lo que sucede alrededor, es dejar los problemas a un lado, quizá buscar un abrazo, un beso, un mimo, algo positivo que simplemente concuerde con lo que uno escucha. Es la felicidad más pura y simple.

Después llegó el turno de Guille Berezñak al piano. "El cielo es el sexo inmerso en amor verdadero... Perderse y encontrar tu nombre en el silencio de las cosas..." , las sonrisas, los aplausos, el silencio expectante. Lo que ocurría era algo contradictorio: por un lado uno solo quería quedar en silencio, quizá perderse en algún pensamiento, quizá dibujar, quizá simplemente estar ahí. Por otro lado, las ganas de pararse y decirles que sus melodías son como caricias para el alma. Opté por la primera.

Para culminar la primera parte, llegó Checho Flá como acompañamiento, para algunos ya conocido. "Estrellitas", "Cantata sobre puentes amarillos" y así, el final exacto y necesario para esperar a Ravioli y a su banda.

"La vez que dije entre luces "me voy", lo dije pensando en volver, fue como pedirle al sol no salir..." para empezar y esa frase que dice más de lo que alguna vez podré expresar; una versión impecable de "Nosotros", completamente fría y a la vez tan cálida; "Tantas calles vienen a decirme que ya no estás más"; "Nada se perdió, tu voz sigue ahí…" Ravioli pone en palabras la ausencia más grande, el dolor, la ruptura. Quizá es cuestión de interpretarlo como cada uno quiere. En mi caso, es tan simple como verdadero, es identificarse y no querer dejar de hacerlo. Recuerdo una vez hace tiempo, JUAN RAVIOLI presentaba una canción llamada "Días Felices", el en Tasso. Sus palabras fueron exactas, fueron tan de él como mías: "Esta canción la compuse un día feliz, cosa que no sucede muy a menudo." Esto no quiere decir que al escuchar sus canciones, las sonrisas no sean instantáneas, es solo que el corazón late cada vez más fuerte, haciéndose dueño de cada palabra, y así debe ser.

Temas nuevos del disco tan esperado también tuvieron su lugar. Entre comentarios sobre lo difícil que es sacar un disco en este país y risas irónicas, "El misterio" se presentó, tranquilidad y caos, instrumentos tan a tiempo, creando el "ruido" (ufa, qué adjetivo despectivo, a la vez tan exacto) más hermoso. "Perro de casa" y luego lo conocido una vez más, la sonrisa más enorme para regalarle, "Yo desde acá te recuerdo bien, veo brillar con fulgor tus pupilas..." , la ausencia tan explícita, se presenta como imágenes en mi cabeza.

Ya luego dos temas nuevos, "La ternura" y "John Merrick", "no hay razón para correr así de mí, el color, la luz, el sol, no sé si soy capaz…" Y el caos nuevamente, Juan en el medio del escenario, moviéndose frenéticamente al compás de esa música, las guitarras, los vientos, el bajo, la batería, mis ojos enormes intentando capturar cada movimiento desde el fondo, sentada en esa mesa, con ganas de estar ahí con ellos, siguiendo el fluir.

Ya para el final estaba tan sorprendida que no importó lo que cantara, la confianza de saber que iba a ser así de perfecto no dejó en mí más que aplausos y sonrisas y el deseo de que siguieran tocando así por siempre. De todos modos, nos regalaron tres temas más para finalizar.

Sé que a veces soy exagerada, no lo niego. Sin embargo, últimamente había algo en mí que se había perdido, quizá por ir a tantos recitales, quizá por ver a tantas bandas por semana, quizá porque la sobredosis musical a veces termina desgastando en mí algo que al principio de mi adolescencia era una obligación: las ganas de contarle a todo el mundo lo viva que me había sentido la noche anterior, viendo a tal o cual artista. Para mi suerte, la noche del sábado (que recién comenzaba) me devolvió ese sentir; y así, llena de armonías me dirigí hacia mi próximo concierto de la noche, Él Mató A Un Policía Motorizado. Contradictorio pero efectivo.