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FINESTRA
29/05/2009 - CBGB

Por: Cecilia Testa - cecilia@recis.com.ar

Doblete (29.05 en CBGB y 06.06 en Espacio Cultural Ecosén Larená)

¿Alguien escuchó hablar alguna vez de FINESTRA? Durante estos días, estuve hablando con muchas personas sobre estos nueve personajes que se suben al escenario con trajes extravagantes y máscaras de animales, y la frase recurrente es “me suena, pero nunca los escuché”. Claro, tocan por todos lados pero la difusión es casi inexistente, apenas algún mail, algún comentario en myspace…

Lo cierto es que la caravana con los chicos empezó el último viernes de mayo, en ese lugar tan frío, el CBGB. Tocaban con algunas otras bandas pero, cuando llegué, estaban todos afuera haciendo lo que luego se volvió una normalidad: tomar cerveza y contar anécdotas. Cuando les llegó el turno de subir al escenario, me encontré con algo que ya me había olvidado: pibes en calzoncillos y camisas de abuela, algunos con polleras y anteojos de sol, máscaras de animales que no dejaban ver quién es quién, mucha gente y muchos coros y mucha percusión y, sobre todo, mucha buena onda.

Creo que la primera canción fue “Litoral”, pero hubiese sido lo mismo si era otra o ninguna o una improvisación, lo importante era bailar y pasarla bien y cantar y mezclarse entre la gente que no dejaba de saltar y tomar y fumar. Hubo rondas y pasitos muy imitables y también hubo gritos para los chicos, que no se sacaron las máscaras en ningún momento. Alguien por ahí me contó que hasta existe una bolsa de FINESTRA, donde todos guardan lo que se ponen cada show, pero que, muchas veces, nadie lava nada y se ven obligados a tocar sin ropa, literalmente.

Cuestión que estábamos más que felices, que la voz de Ricky es tan particular que se te pegan las canciones por días y días, que todo en conjunto es tan extraño y atractivo que cuesta creer que a las personas les suene el nombre, pero que nadie los haya escuchado. Cuestión que FINESTRA fue lo mejor de una noche que terminó temprano, que terminó dada vuelta, como las rondas y las canciones de nueve chicos que son simpatía.

Y como no me bastó con un fin de semana, al siguiente tuve que volver. El lugar era bastante más agradable, a un paso del puente Pueyrredón, con un jardín que en verano debe de servir para las charlas hasta la madrugada. Claro que con la noche del sábado, todos estábamos bastante congelados, agarrando los vasos con guantes resbaladizos y tiritando por lo bajo.

Lo primero que hice al llegar fue sacar mi regalo para Padu, el muchacho del trombón: un vodka para pasar el frío helado. En pocos minutos se armó lo que, según me dijeron, es un polifónico o, en otras palabras, “todos en ronda dándole un trago a una bebida” que quedó por la mitad. Después, fue el turno de jugar juegos inexistentes, inventar reglas para ganar y perder y tomar y reírse y escuchar anécdotas sin sentido, muy de sábado por la noche.

Así es estar con FINESTRA: la comodidad de amigos que se conocen mucho o poco, pero que disfrutan de estar juntos y de charlar y de compartir cada fin de semana. Todo se vuelve un poco imprevisible y uno solo puede entregarse a eso y esperar a que llegue la hora de que toquen para sonreír y bailar (eso lo dejamos para los menos tímidos) otra vez.

Entonces, cuando dejamos los juegos y las conversaciones, ya para las cinco de la mañana, los nueve integrantes se calzaron, con valentía, las camisitas de verano y las polleras y salieron a tocar. Como era de esperarse, el baile arrancó rápido y todos quedamos iluminados por unas luces verdes, un ambiente algo bizarro en el que se destacaban las máscaras y las flores de las camisas.

Se decía que iban a tocar hasta agotar todo el repertorio, total no había límites. Y, de hecho, empezaron y no frenaron por un largo rato. Quique, muchacho de la trompeta, se paseaba entre los que bailaban y tocaba todo el tiempo, de un lado para otro. Pedrito y su percusión no se quedaban atrás: todos sonaban realmente fuerte y las voces y los coros quedaban bajos, pero la gente seguía bailando y ayudando a cantar, para que todos escuchemos.

Sin embargo, todo llega a su fin y, a veces, esto pasa de manera abrupta. En medio de uno de los temas, Ricky jugó al rockstar y estrelló los micrófonos y el teclado contra el piso. Silencio. Luz blanca. Un señor aparece desde no sabemos dónde y le dice: “¿Te pensás que sos Charly García? Te voy a meter el micrófono en el culo”. Silencio. Micrófonos en su lugar. Teclado en el piso. Arrancan de nuevo, la gente se pone a bailar, como para recuperar lo perdido. Mitad del tema, Ricky se tambalea un poco, un poco más… Al piso. Silencio. Luz blanca. Termina el show. Los FINESTRA se retiran, muy divos con sus ropitas y sus máscaras, Ricky se lleva sus calzoncillos y su camisita a la otra sala y todos nos preparamos para irnos a dormir.

Sí es cierto que la espera para verlos siempre vale la pena y que no importa si el show termina o lo terminan, siempre volvemos todos por más. De hecho, qué pena que esta cronista se va de viaje este fin de semana porque sino, sin dudas, estaría presente este sábado en Avellaneda para seguir a los nueve muchachos de melodías “happy hardcore” (/finestravive lo dice mejor que yo) para bailar hasta que salga el sol de invierno. O de verano. Da igual.