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HUESPED


Taura
2008
Por: Cristian Villalba
Es imposible desligar la sensación –más que la palabra– de melancolía en una banda como Taura. Es imposible, también, negar que la dulzura y la belleza pueden ser vestidas de blanco y negro mientras se pasean por otoñales calles de suburbio al son de melodías infinitas. Ser Huésped de tan siniestra y a la vez hermosa sinfonía puede llevar a la dicotomía de no entender bien de que se trata, de no saber donde se está parado, o dónde llevan esos susurros misteriosos que se escapan de la garganta de Chaimon.

Esas y mil sensaciones, cientos e inimaginables estadíos provocan, producen la escucha de 12 canciones encerradas y aglomeradas en un trabajo compacto, con propuestas claras y honestas. De entrada, con “Nudo.árido.Seco” nos dirige hacia la soledad de la ruta a ningún lugar, que nos remotan al desierto más solitario que hayas imaginado en tu vida, y enseguida llega la Soledad (sí, con mayúscula) de “Mi mejor lugar” y el momento más rockero con “Rompevientos”, para que el aire se sienta bien frío y penetrante en la oscuridad de la noche.

Y si la noche te llega y te golpea, si la amargura cala hondo es producto de la “Habitación que Oscureció”; instante de autocríticas, y por qué no flagelos (“Mi único mal soy yo, soy yo…”) que da pie al gran momento doombeta de la placa, comenzando por “Horas como clavos”, pasando por “La venganza del sol” y terminando con las geniales “Días abandonados” y “Estoy por partir” (estas últimas tal vez el punto más alto del disco).

Y es entonces, que vamos enfilando hacia el ocaso conociendo al Huésped que nos devuelve un espejo sucio y roto. Es ahí que llega el tiempo de subir las “Escaleras” para ver aquel cielo recortado por nubes y el viento seco de “La vigilia”, para dar los últimos pasos hasta llegar, casi sin aliento, a aquella “Laguna Negra”, que marca un futuro esperanzador y conmovedor para Taura y su dosis de rock melancólico.