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LA CASA DE LA NOCHE


Rosal
2009
Por: Matías Recis
Soliloquios nocturnos


Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.


"La noche", Alejandra Pizarnik

Habituado a sus cimbronazos de turbión, ROSAL dibuja un nuevo contragiro en su obra (una característica poco frecuente para un conjunto que edita por Pop Art /Sony Music): "La casa de la noche". A diferencia de sus anteriores producciones, la lírica de esta placa deja a un lado la superficialidad y la inocencia habitual, y retoma un hemisferio reflexivo y sensible (una forma que viene fraguando desde “Su Majestad”).

No obstante, aunque el grupo no corrompe su tónica sobre la melodía, sólo unos pocos temas conservan el pulso bailable (como La reina de la noche); las canciones no retornan circular y superfluamente al estribillo, sino que se suspenden sobre sus lánguidas cadencias. De este modo, Rosal (integrado por María Ezquiaga, en voces y guitarra; Ezequiel Kronenberg, en bajo, teclado, piano, violín, glockenspiel, guitarras, melódica y efectos; Martín Caamaño, en guitarras; Juan Jacinto, en batería y percusión; y Mauro Conforti, en teclados y piano) traza un circulo que se retroalimenta de la canción pop y de las diversas estéticas de la música académica. Conjuntamente, los invitados suturan este enlace, utilizando cello, violín, clarinete, flauta, corno francés y cuenta.

Este álbum profundiza así una delicadeza y una percepción tímbrica que asoma desde su segundo disco. En cada pieza, el grupo explora diversas sonoridades, entre analógicas y digitales, que lindan con los márgenes orquestales de The Beatles (en Canción para el que llora) y con las bases sampleadas de Charly García en Click Modernos o Piano Bar (ejemplificado en temas como Casa).

Ya en canciones como Altas horas, Vamos a dar una vuelta y Lo prometido, los eunucos matices vocales de María Ezquiaga se contraponen a la riqueza musical que florece a su alrededor. Su timbre desgarbado y cóncavo se desdibuja furtivamente tras los exquisitos arreglos del grupo (que, lejos de respaldar a la cantante, disminuyen su protagonismo, fagocitando el único renglón disonante de este álbum). La ausencia de otras pigmentaciones en los coros y segundas voces, es un estigma signado por el alejamiento de Julieta Ulanovsky (aunque su reemplazo como bajista es llevado a la perfección por Ezequiel Kronenberg, ya sea utilizando este instrumento, teclados o sintetizadores).

Sin dudas, “La Casa de la noche” cristaliza su costado más musical. En los pasillos de esta casa, las sonoridades adquieren sutiles modulaciones que enhebran simbióticamente cada habitación entre sí. Mientras tanto, el concepto medular de “La casa de la noche” cubre la superficie del disco (desde la letra y la música hasta el envoltorio).

Así, desarrollando una idea narrativa, Rosal corre nuevamente los contornos de su música, y esgrime con plasticidad las aristas más sofisticadas e introspectivas de su obra.