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TRAVESTI
06/09/2018 - La Tangente

Por: Rodrigo Capeans - rodrigo@recis.com.ar

La invitación había sido extendida y para los outsiders de la movida, tenía peso: luego de media década de ausencia, Travesti volvían a los escenarios. Y como testimonio de que en la historia paralela del pop incómodo y experimental -aquella de catálogos inciertos en aquel entonces y de lanzamientos tagueados bajo el rótulo “experimental” en Bandcamp hoy- también se puede ganar, una Tangente repleta los recibió. Los cultores habían respondido al llamado y el mito cobró vida nuevamente en un viernes en que el éxtasis colectivo del trance y el ruido le ganaron la pulseada al bar de turno.

Si bien en el caso de TRAVESTI se puede arriesgar conjeturas de qué será con lo que uno se va a topar gracias a su legado sonoro en álbumes y EPs –el cual da cuenta de un propio mundo en que las sensibilidades pop, el ímpetu noise y el trance industrial se mestizan y cuestionan entre sí constantemente– siempre hay un elemento de sorpresa que pone en duda la hoja de ruta. La llegada de Yo no soy digno, de que entres en mi casa era la más reciente incógnita para los recién iniciados que se acercaban por primera vez a un show del grupo. Editado por Priusdiscos semanas antes del evento, el nuevo disco/cápsula del tiempo captura a un Travesti modelo 2007 tocando en vivo en una semana santa de aquel año, entre grabaciones del murmullo del público y synth-pop alienígena.

Pero el Travesti de la noche del viernes no sonó como el de la década pasada que nos llega ahora en una grabación, dialogando con su presente. No sólo porque el dúo agregó nuevos capítulos a sus aventuras sonoras desde aquel entonces -un disco homónimo en el 2009 y otro larga duración, Suicidio Latino, en 2013- sino porque la escucha casera inevitablemente no da cuenta de la visceralidad que sólo se puede experimentar ahí, a metros del escenario. Al salir de la Tangente, algo quedaba claro: a los Travesti les gustan sus shows ruidosos, y mucho.

Desde el arranque nos lo hacían saber, sentando la base sonora que seguiría a rajatabla el resto del show: loops de sintetizador hipnóticos y minimalistas; una guitarra preocupada más por la textura y el ruido que el dar un anclaje melódico o el gancho de un riff; y la voz nasal y seca de Fernando Floxon perdida entre la canción y el relato críptico. Todo esto con un volumen subido a un cien sobre escala de diez, forzando al oyente a desorientarse entre el ruido –y seguramente salir con los oídos zumbando también-.

Planteada así, la apuesta del dúo por su costado más industrial y noise encontró sus mejores aliadas en aquellas canciones que ya en estudio se prestaban más cercanas a este tipo de estética. “Efedrina”, recuperada del EP debut del 2000, fue puro trance techno para noches de rave y paranoia; mientras que “Bloody Mary”, con su guitarra a lo Psychocandy y gritos esquizofrénicos por estribillo, marcó uno de los puntos más desaforados de la noche.

La adaptación del costado más melódico del grupo a la agresividad del vivo, en contraste, no siempre dio resultados tan parejos. En las “Las tinieblas del romance” –una de las canciones más bellas y accesibles del grupo- la apuesta funcionó a fuerza de unas sensibilidades pop que ninguna cantidad de ruido pueden llegar a tapar, cargada de una nostalgia evocativa intachable. Pero en contraste “Vacaciones en Israel”, que en estudio encuentra a los Travesti explorando la calma de una base minimalista y la repetición del título cual mantra, perdió su serenidad entre el ruido de un vivo que no logró sacar a relucir su potencial. La apuesta por el noise como norte a lo largo de todo el show otorgó a la presentación uniformidad sonora, pero con el costo de homogeneizar su sonido en más de una ocasión.

Por suerte no fue el caso de “Juventud residual”, elegida como acto final del regreso del grupo a los escenarios. Extendida más allá de los cuatro minutos que dura en estudio, el dúo se dio el lujo de utilizarla de plataforma para la experimentación, mutando su base rítmica y explorando texturas; además de prestarse para el juego de actos simbólicos y gestos enigmáticos que tanto les gustan: poco antes del cierre, ambas mitades de Travesti se unen en el centro del escenario para levantar de a dos la guitarra en sus manos y erguirla cual mástil-falo.

Y desde abajo del escenario, el público devuelve una mirada de curiosidad e intriga, la misma que esbozamos cada vez que Travesti vuelve a convocarnos a sus rituales.

Las fotos son de Candela Gallo.